viernes, 16 de marzo de 2012


El agujero en mi pecho.
Capítulo V

El viento corría fuerte y mi cabello lo notaba. Marqué a Adrien y le expliqué que iba llegando. Él me contestó que ya estaba allí. Ambos cortamos y llegué a paso largo. Miré su auto y le hice una seña con la mano para que me esperara. Él entendió y se subió al auto.
Entré a la cadena de alquiler y me fui directo hacia las películas. Tomé Orgullo y Prejuicio, y 3 más de… Johnny, claro. Me dirigí hacia la caja y las mostré ante la cajera. Ella estiró la mano, recogió el dinero y sería. Salí con rapidez y Adrien me alcanzó. Me abrió la puerta y me dejó pasar.
El camino hacia mi departamento fue diferente. Adrien estaba más conversador y más preguntón qué nunca.
-          ¿Cómo ha estado el día? Bien helado me parece – Preguntó curioso.
-          La verdad es que amo el frío, asique no me complico – Contesté mirando por la ventana.
-          Y… ¿Está bien? – Hubo un silencio.
-          Sí… – Mentí.
-          ¿Segura? – Me preguntó como si no supiera nada. Le seguí el juego.
-          ¿Cómo te sentirías si tomas la decisión de alejarte de una persona a la que quieres mucho, pero la extrañas tanto que piensas en el dicho, la carne es débil? – Solté desahogándome.
-          Bueno, yo esperaría, y me acordaría de otro dicho bien conocido que dice que lo bueno se tarda, espero que de algo sirva. – comentó sonriendo.
-          Eso creo… gracias Adrien. Él… ¿está bien? – Musité quitándome un gran peso de encima.
-          Si se refiere al Señor Depp, él está bien  – Al parecer, Adrien sabía bien que su nombre me causaba una sensación particular indescriptible.
-          Qué bueno… - Dije con los ojos puestos en el piso.
-          A él le interesa saber de usted, ¿Qué podría decirle? – Dijo serio.
-          Creo que… lo mismo que me has dicho tú. Que estoy bien – Respondí seria, respirando hondo muchas veces seguidas.
Habíamos llegado a mi departamento. Lo hice pasar a tomar un café, pero tenía otros planes. Lo miré de reojo intentando averiguar lo que ocultaba, pero no conseguí nada, solo que su sonrisa pareciera culpable. Entré a la recepción con mi bolsa llena de películas. En esta ocasión no podía zafarme de Will. Leía su libro acerca de los dioses griegos y lo interrumpí.
-          Ok, te debo una explicación – dije rendida.
-          Oh, bueno… - Dejó de lado el libro al notar mi acercamiento.
-          Tengo chofer – solté al fin.
-          Por un momento creí que empezabas a salir con un viejo – Me causo gracia, pero no lo suficiente como para reír – Pero… ¿chofer? ¿Regalo de cumpleaños? – Preguntó intentando adivinar.
-          Eh, algo así. Es como… un recuerdo… algo por unos días – Dije distraída.
-          Debe tener mucho dinero quién te lo alquiló.
-          Es… lo de menos – Agaché la cabeza, acordándome de Johnny.
-          Claro, cuando se está enamorado, suele pasar eso a segundo plano – Me dijo levantando las cejas.
-          Eh… bueno subiré a ver películas – Dije encaminándome al ascensor, evadiendo la certeza de las palabras que acababa de escuchar.
Él lo notó y se rió. El ascensor llegó y subí deprisa. Una parte de mí quería llegar a mi habitación y poner las películas para admirar su perfecto rostro una vez más, pero la otra… prefería llorar, dormir y olvidar todo. ¡Qué masoquista soy por la mierda!
Al entrar a mi departamento, lo primero que hice fue prepararme un té caliente. En casa de Tyler solo comí una galleta y casi no toque mi café. No sabía lo que me pasaba. Lo que sí sabía era que no tenía fuerzas para absolutamente nada. Ni siquiera para comer.
Encendí el televisor y empezó el doloroso entretenimiento. Empecé con the man who cried. Después seguí con The libertine para terminar con…The ninth gate. Todas películas con un denominador común… Johnny Depp. Qué deleite más torturador, pensaba en mi cabeza, con lágrimas cayendo de mis ojos. El agujero de mi pecho aún persistía y cuando lloraba sentía como se agudizaba más y más la agonía que emitía el vació en mi interior. Eran las 6 de la mañana y no pensaba ni siquiera en dormir. Ya dieron las 8 y me dormí, vencida por el cansancio. Mi despertador no sonó y no me intereso. No pensaba ir a clases hoy. Eran las 11 y agradecí al cielo porqué no sonaba mi teléfono.
Pero esto no duró mucho tiempo. Eran las 12 y mi celular tocó su repentina canción.
-          ¿Aló? – No sé quién sería el peor. Ni siquiera quería imaginármelo.
-          ¿Señorita Estefanía? – Del otro lado del teléfono, era indiscutiblemente reconocible el modulo usado por Adrien hacia mí.
-          Adrien… yo – No me dejó terminar la frase.
-          ¿Qué ha pasado? ¿Te fuiste a clases sola? – Me acusó Adrien, algo alterado.
-          Adrien tranquilo. Perdóname, no fui a clases.
-          ¿No? ¿Estás enferma?
-          No, solo… qué estoy algo cansada – Mi cama retumbo por la caída que hice hacia la almohada.
-          ¿Necesita algo? – Esa pregunta era muy amplia. Necesitaba solo una cosa. Más bien… a una persona. Estaba más que claro que no podía ser tan fácil. Debía probar si él era feliz así…sin mí. Tal vez estaba sofocándolo, sin darme cuenta. Debía comprobar esa opción.
-          No, nada Adrien, gracias. – Mentí.
-          Bueno… cualquier cosa, estoy a un llamado, cuídese.
-          ¡Oye! Adrien… solo una cosa – Pensé bien las palabras antes de que salieran de mi boca. Al otro lado del teléfono no escuché ruido alguno. Por un segundo pensé que me había cortado – No le cuentes a… nadie, por favor – Le rogué. Él sabía a quién me refería específicamente.
-          No hay problema – Me dijo serio.
-          Gracias – Suspiré. Ambos cortamos. Había una parte de mí, no sé ni entendía cual era, pero hacia que me sintiera mal de mis propios actos. Los pensamientos se me congelaron al escuchar mi celular sonar nuevamente.
-          ¿Aló? – Esta vez estaba bien despierta asique pude leer quien era. Logan.
-          ¡Hey!, tú chica sexy… ¿No vienes? - ¿Chica sexy? Esto estaba mal.
-          No… no iré… estoy agotada.
-          Qué habrás hecho el fin de semana, ¿eh? – Su tono sarcástico era evidente.
-          Cállate.
-          Bueno… solo te llamaba para informarte que hoy después de clases voy a tu casa – ¿¡What the f…!? Pensé.
-          ¿Qué mier…? ¡No! No puedes venir. No te he invitado – Aclaré confusa y algo enfadada.
-          Por eso voy a ir… además que no te estoy preguntando, nos vemos – Su risa se escuchó antes de colgar.
¡MIERDA! Maldije una y mil veces mientras me retorcía en la cama. No podía arrancar. Ni para escapar de alguien tenía ganas. Incluso si ese alguien era Logan Parker.
Ya eran las 12:30 y ni me había dado cuenta. A pesar de esto, para mí el tiempo pasaba incluso más lento que de lo normal. Podía estar sentada una hora y mi cabeza maquinaba qué habían pasado semanas estando allí. Cada segundo, cada minuto que pasaba lejos de él, mi corazón tenía una razón menos para seguir latiendo. Ya nada me parecía emocionante. Todo perdía brillo… más rápido de lo que imaginaba.

Me levanté recién a las 2. Mi cama había sido mi amiga este último tiempo. Me quedé allí, acostada sin hacer nada. Ni siquiera pensar, porque era lo que más me dolía hacer. Recordar era una llaga que se internaba fuerte dentro del vacío y que dificultosamente se movería si dejaba que se quedara. Y no solo se permanecía dentro de mí pecho, si no que ahora también se estaba apoderando de mi vida.
Fui a la cocina para ver si me daban ganas de comer algo. Había café, té, galletas, panqueques… panqueques, me repetí. Algo que si estuviera con ánimos, incluso sin hambre, hubiera comido. Uno mis snacks mañaneros preferidos. Otra cosa más que había agregado a mi lista de cosas favoritas olvidadas. Vi todas las cosas habidas y por haber, y nada llamó mi atención. O mejor dicho, nada llamo a mi apetito, así que tomé un vaso con agua y me senté en el sillón de la sala a ver televisión. La verdad es que no sé si estar medio sentada, con la cabeza en otro planeta… era estar viendo tv. El sorbo de agua me llenó inesperadamente el estómago. Me levanté y fui al baño. Me duché y me vestí mecánicamente. Vi la hora y eran las 3. ¡Dios! ¡Qué horror! Llegaría dentro de poco. Logan no vivía tan lejos de mí y eso... no era de mi agrado. Menos ahora, pensé.
Haciendo nada me dieron las 3:30. Mi teléfono fijo sonó. Contesté a trompicones.
-          ¿Aló? – Desde la otra línea escuché el tono de timbre de William.
-          Hola Estefanía, te vienen a ver, el señor… Logan.
-          Dile que me espere abajo, ¿sí? – No iba a dejarlo subir, ni loca.
Me vestí con unos jeans antiguos, una polera amarilla y un polerón con cierre blanco. Tomé mi bolso viejo, con las llaves en la otra mano. Salí sin voltear y bajé en el ascensor. Al llegar, lo primero que vi fue a Logan sentado en la recepción. Se levantó al escuchar el ascensor y se acercó a saludarme.
-          ¿No tienes frío? – Preguntó tomando mis manos con unos guantes gruesos.
-          No hagas eso – Me quejé sin mirarlo a la cara.
-          Ok… lo siento ¿sí? Pero abrígate… – No me soltó.
-          Estoy bien así… ¿A Dónde vamos? – pregunté acercándome a la puerta y desasiéndome de sus manos.
-          Te hice un almuerzo – Repuso con una sonrisa y abrió la puerta. Salí con las miradas de William encima.
-          ¿Qué? – Cuestioné asombrada con la boca abierta.
-          Lo qué escuchas. En mi casa no hay nadie y el almuerzo está listo, ¿No me dejaras solo, cierto? – Arqueó una ceja.
-          Logan… - Me rasqué la cabeza – ¿Por qué no salimos a tomar un helado? –  Me acerqué a él para tratar de persuadirlo.
-          Eso no sirve conmigo hermosa, así que vamos – Se movió un paso más y me esperó desde lejos. Tome aire.
Caminamos. Su casa no quedaba lejos de la mía, así que no fue gran hazaña. Me conversó de cómo estuvo el día en la universidad. Lily estuvo con Jorge y los demás. Todos preguntaron por mí. Incluso Michael.
-          Ese Michael… no me cae nada de bien – Su voz se pudrió y miró al suelo.
-          Es un buen tipo – Me negué a su desaprobación.
-          ¿Mejor qué yo? – Me sonrió y me tomó mi chaqueta para acercarme a él.
-          Logan… basta. En tú cabeza nadie es mejor que tú – Iba a mirar el suelo, pero él no me dejo. Tomó mi cara con ambas manos. ¿Qué estaba haciendo?
-          Sólo tú eres mejor que yo… – No pude evitar tomar sus manos para qué las alejara.
-          Ok… eso es… lindo – Dije sacando sus manos de mi rostro, a momento qué él las tomaba.
-          Estás helada.
-          No siento el frío. Me gusta.
-          Hay mucho qué debo aprender de ti – Añadió sin soltar mi mano.
-          Logan… por favor – Musité sin moverme, algo disgustada.
-          Por lo menos déjame intentarlo. Te dejaré en paz si no veo resultados – Sus ojos se posaron en los míos y esta vez, su voz sonó seria. No dije nada. Seguimos caminando cada uno por su lado. Él siempre por delante para ayudarme en alguna acera mal puesta o para saltar alguna posa de agua.
Ya habíamos llegado a su casa luego de 20 minutos. Su casa era muy grande y hermosa. Su patio estaba perfectamente podado y la pintura de las paredes era color rojo intenso.
-          Pasa – Logan me estiró la mano para que la tomara. En vez de eso me acerqué para cruzar la enorme puerta.
-          No muerdo – Afirmó seguido de un guiño de ojo.
-          No te tengo miedo Logan – Agregué al tiempo que admiraba la enorme casa.
-          Eso me gusta – Logan se acercó a mí, tanto qué me puso nerviosa.
-          Eh… tengo hambre – Admití para distraerlo.
-          La comida está lista, ven – Caminó hacia la cocina. Lo seguí hasta sentarme en frente una mesa redonda. Me sirvió un plato con fideos que de vista se veía delicioso.
-          Gracias – No saqué la vista del plato. De verdad tenía mucha hambre.
-          Creo qué te gustó – Musitó al notar que empecé a comer rápidamente. Sentía como mi estomago recobraba vida y fuerza. Suspiré.
No hablamos hasta acabarnos los platos.
-          ¿Qué quieres hacer ahora? – Preguntó acercándose a mí.
-          No lo sé… - De verdad no sabía.
-          Tengo películas… excepto de Johnny Depp… él no me gusta mucho – Su nombre. Un cosquilleo recorrió todo mi cuerpo. Los latidos de mi corazón se aceleraron y sentí como el agujero de mi pecho rugía. Miré hacia abajo y traté de recobrar el aliento.
-          ¿Qué películas tienes? – Logré articular, tragando saliva.
-          De terror y… románticas – Hizo un énfasis en esa palabra. Yo no quería nada de romanticismo con logan, así que evadí su presunta elección.
-          De terror… sangre y zombis… eso me gusta – Mentí pero al parecer la idea lo convenció.
-          Bueno… sí eso quieres… hay que subir – Se adelantó a las escaleras y comenzó a subirlas.
Yo lo seguí hasta llegar a una sala con un televisor plasma y con una cama matrimonial. Los ventanales estaban cubiertos por unas cortinas blancas, qué dejaban entrar la poca luz de un día de invierno. Al lado del televisor, un estante con al menos 20 películas diferentes, además de historietas y otras cosas de jóvenes inmaduros como lo era logan. Esto no se comparaba con el cuarto de Johnny. Johnny le entregaba a cada lugar qué fuera, su vibra especial. Algo que… nada más lo hacía él.
-          ¿Te gustó el cuarto? – Preguntó recostándose en la cama. Sus ojos no se despegaban de mí. Me giré para verle la cara. Sonrió tanto, qué las comisuras de sus labios se elevaron junto con sus cejas.
-          Sí… está genial – Sabía qué su rostro expresaba algo más que una simple pregunta por qué detrás de esta se escondía algo más. A Logan muchas veces le jugaba en contra ser tan evidente. Pero no podía caer en su juego. No podía.
-          ¿Estás cansada? – Escuché muy cerca de mí. Eso hizo qué me exaltara, ya qué no me había dado cuenta cuando comenzó a masajear mis hombros.
-          No… - Mentí. Ya qué sentía mi cuerpo tan o más duro qué una roca.
-          Pues no se nota – Comentó acariciando mis hombros – Estás muy estresada, ¿Te ocurre algo? – La pregunta del millón.
-          No… no me ocurre nada – Respondí volviéndome a su cara. No me había percatado de qué estaba tan cerca. Agaché la cabeza tratando de mantenerme en blanco.
-           Hey… tranquila – Sentí a sus manos tocar mi mentón y levantarlo. Hizo qué lo mirara a los ojos. Sus ojos cafés no hicieron qué mi cabeza diera vuelta cómo lo qué lograba Johnny sin esfuerzo alguno. Me quité del lugar.
-          ¿Podemos ver la película? – Le dije mirando la pantalla. Él se convenció y colocó el CD.
La película se pasó muy lenta. Pero en especial para Logan. De vez en cuando bostezaba y me preguntaba si quería algo para comer. Nada muy entretenido.
2 horas después, decidí irme. Bajamos las escaleras y me dirigí a mi bolso. 1 llamada pérdida de Michael, 2 de Adrien, 2 de Lily y otras 2 de Jorge. ¡POR LA PUTA!
-          ¿Estás apurada? – Preguntó al percatarse de mi expresión después de ver mi celular.
-          La verdad es qué sí…
-          Ok, te dejaré en tú casa – Contestó algo cabizbajo.
-          Hey… gracias, enserio la pasé muy bien, pero…
-          No quieres nada conmigo – Su respuesta fue tan certera qué hasta casi me daba pena mirarle a los ojos.
-          Logan… mi corazón no está completamente… vacío – Su cara ahora mostraba su lado extrañado. En sus ojos podía ver la rabia acumulada.
-          ¿Qué? O sea, ¿Es verdad qué estás saliendo con alguien? – Sus facciones se crisparon y sus cejas se juntaron en forma de V.
-          Es todo muy complicado Logan… No entenderías nada – Mi voz sonó agitada.
-          ¿Ah sí? ¿Cómo estás tan segura?
-          Solo lo sé y no diré nada, ahora me tengo que ir – Me percaté de qué no me siguió a la puerta, si no que se quedó inmóvil mirando el piso brilloso del salón.
-          ¿No me acompañaras? – Pregunté tragando saliva. Él no respondió.
-          Ok, nos vemos – Musité y salí enojada dando un portazo. No sé si sentía rabia conmigo misma o con su actitud inmadura. Ambos factores estaban poderosamente ligados en esta situación.

Llegué al departamento alrededor de las 7. No hablé con William y sólo subí las escaleras pisando fuertemente cada escalón. Logan era un cretino. Él no se merecía ni siquiera entender mis pensamientos y menos las emociones qué me atormentaban.
Llegué más rápido de lo que pensé a mi puerta y busqué las llaves con brusquedad en mi bolso. Al abrir la puerta, comencé a ordenar mi bolso para mañana. Debía ir al instituto, por lo menos intentar mantener alejada mi mente de todo lo que hoy pasó. Aunque… sabía que eso sería casi imposible.
Mi celular sonó. Casi se me olvidaba qué tenía 7 llamadas pérdidas. Era Michael.
-          ¿Michael? – Mi voz interrogativa al parecer lo asustó.
-          Si… ¿Estef? ¿Cómo estás? ¿Te molesto? – Fueron muchas preguntas para mi cansada cabeza.
-           Sí, soy yo… - Logré articular de manera confusa.
-          ¿Mañana vas? – Su voz se escuchaba temblorosa, pero firme a la vez. Un débil tratando de parecer fuerte.
-          Sí, claro… ¿Quieres hacer algo? – Esa pregunta no la esperaba. Se me salió de la boca atropellándose contra mi aliento.
-          ¡Para eso te llamaba! – Se rió – Mañana habrá sol y… mi patio está recién podado… ¿Quieres venir? – Esa idea me gustaba. Michael era todo lo opuesto a Logan. Un chico sensible y mucho más apático que cualquier otro.
-          Claro… mañana me buscas en mi sala, la 14 – Aún no conectaba completamente mi cabeza a mi boca. Pero estaba decidida a traer más buena vibra a mi semana.
-          Claro, mañana a las 5 fuera de tu sala – Sentí su voz en medio de una sonrisa y un suspiro al final de la frase.
-          Ok, nos vemos – Dijo lo mismo y ambos colgamos.
No sabía si era la mejor idea qué mi mente había maquinado, pero ya estaba hecha y puesta en la mesa para ser digerida. Las ganas debía hacérmelas. Johnny me hubiera querido ver feliz… y lo iba a intentar. Aunque sin él, la felicidad nunca sería completa.

viernes, 9 de marzo de 2012


Vida Privada.
Capítulo IV
Era la mañana del lunes… y no uno cualquiera. Era un lunes que llegaba de improviso después de un fin de semana lleno de emociones de todo tipo. Me desperté de golpe viendo que eran las 10 y yo tenía que estar en la universidad a las 11:25, ¡QUÉ HORROR! Grité para mis adentros, levantándome de la cama y corriendo hacia la cocina. Puse el hervidor rápidamente y lavé el termo. Lo dejé a secar y entré en la ducha. Las mañaneras neoyorkinas se habían puesto excesivamente heladas, asique puse el calefactor a una temperatura apta para el día. Creo que me ayudo mucho sentir el agua caliente entrar por mis poros. Salí a trompicones del baño y encendí el televisor. En las noticias mostraban el tiempo, ¡Enhorabuena! Grité feliz, mientras me moría de frío. Decían que el resto del día estaría helado y que para las 4 de la tarde la temperatura ambiental podría subir a 13 o 15 grados. Fui a la cocina con la toalla a punto de caerse y desenchufé el hervidor. El agua estaba caliente y lista para ser servida. La puse en el termo con café en granos y ¡listo! Mi desayuno estaba preparado.
Corrí hacia la habitación y me vestí deprisa. Jeans, polera manga larga roja, zapatillas, y un gran y grueso polerón plomo con botones. Corrí al living y apagué el televisor. Ya eran las 10:45 y no tenía como llegar a la hora. Rebusqué en mi cabeza lo que podía hacer y ¡BAMG! ¡Adrien! Claro, cómo olvidarlo. Tomé mi celular rápidamente y le telefoneé.
-          ¿Aló Adrien? Sí sí, soy yo. ¿Puedes venir a recogerme… rápido? Ah, muchas gracias, márcame apenas llegues, ok, adiós.
¡Me salvé! El señor P. Edison era un monstro viviente cuando uno llegaba un minuto tarde a su clase. Además no tenía ganas de escuchar sermones, menos hoy. Fui a buscar mi mochila ya algo gastada y la llevé al sillón, donde me senté y tomé unos sorbos de mi termo caliente. Me acordé de llevar conmigo una bufanda bien gruesa que tenía. Corrí a buscarla y me la coloqué encima. Eran las 10: 57 y sonaba mi celular. Adrien había llegado. Bajé las escaleras para entrar en calor y llegué abajo. Le grité un ‘nos vemos’ a Will tras cerrar la puerta para no voltear.
Adrien y yo nos saludamos de beso en la mejilla y él hizo una reverencia para abrirme la puerta. Yo agradeciéndole, entré y me senté. Antes de partir vi la cara de desconcierto de Will al verme subir a tal auto con un chofer a tal auto, evidentemente ajeno a mí. Traté de evadir su cara de desconcierto.
El viaje transcurrió tranquilo, la mayor parte del tiempo en silencio. La música era relajante… para cualquier persona excepto yo. Al llegar a la universidad, abrí la puerta muy rápido para que no se viera que tenía chofer personal o algo por el estilo. No soy engreída ni tampoco me jacto de lo que tengo ni lo ando exhibiendo como si fuera algún trofeo o algo de más valor. He aprendido a reservarme mi felicidad, porque muchos no la quieren oír. Adrien se dio cuenta, y me miró sorprendido. Me sonrió y, sin bajarse, cerró la puerta. Me encaminé hacia la puerta, donde entraban más compañeros, pero ninguno conocido. Yo les seguí y saludé al inspector de turno, esta vez era Jared. Apuesto, flaco y de mi porte, pequeño podría decir. Me sonrió y seguí mi camino.
Llegué a mi casillero correspondiente y vi mi agenda de horarios. Leí que me tocaba Biología, lo cual odiaba. Al cerrar la pequeña puerta de metal rojizo, se asomó la cabeza de Michael, la que me asustó tan imprevistamente. Él se asustó también y rió. Michael era un buen muchacho, quitado de bulla y muy alegre, era alguien agradable. Me gustaría haber sido más expresiva, pero me era imposible.
-          Oh, perdón… no quería asustarte – Me miró riéndose, haciendo gestos con las manos. Esos que yo solía hacer de manera frecuente frente al… mundo.
-          Sonreí débilmente – No hay problema…– Le dije tratando de concentrarme en la pronta charla que íbamos a tener.
-          En realidad… vengo a contarte de mi piscina…– Musitó con una mano apoyada en los otros casilleros.
-          ¿Vienes a alardearme de tú piscina? No lo esperaba de ti – Dije en tono sarcástico.
-          ¡No, no!, tú me conoces… no, no hago este tipo de tonterías – Me dijo hablando casi para el suelo pero en voz alta.
-          Menos mal – Dije pareciendo aliviada.
-          Te quería invitar – Soltó de repente.
-          Qué… sorpresa – Amaba las piscinas, pero… estar con… hombres no era un buen panorama en estos momentos. La verdad es que, estar con gente no era un buen panorama.
-          ¿Estás bien? – Dijo notando mi expresión.
-          ¡No!– Dije algo alterada – No…estoy bien… solo que… no estoy de ánimo.
-          Te haré el ánimo – Dijo riendo – Soy un experto – Farfulló soplando sus uñas y limpiándolas contra su polera azul. Me hizo sonreír ocasionalmente.
-          ¿Cómo harás eso? – Quise parecer interesada, pero poco o nada logré.
Estaba dispuesta a caminar con un libro en la mano. Romeo y Julieta, un clásico.
-          No creo que sea tan difícil… - Me dijo mientras caminábamos.
-          Yo creo que sí… No te esfuerces… yo – Me interrumpió.
-          No importa… me gustan los retos – Dijo sonriendo al suelo.
Después de unos cuantos metros caminando y antes de que yo le respondiera inesperadamente, Logan se integró a nuestra caminata.
-          Mish, mira quién es, la que se ausenta de mis fiestas, ¿eh? – Me miró haciendo un gesto de decepción, quitándole protagonismo a Michael.
-          No seas pesado, Lily te dijo que tenía que salir.
-          Con tú pololo me dijo ella – Logan era tan impredecible que de un momento a otro te podía estar agarrando el pelo sin que tú no lo notaras. Pero esto lo creí. Estúpidamente lo creí.
-          No te pudo haber dicho eso – Me detuve y lo agarré del brazo.
-          ¡Uy! Asique… ¿es verdad? – Me miró y levantó una ceja.
-          No… hagas eso. Y no es verdad, fui a comer…
-          ¡Con tú pololo! – Me gritó desde adelante Harold, a lo que sus amigos rieron. No sé qué onda con los hombres hoy día. Debería haber sido un lunes normal, pero de pronto las hormonas se les alborotan. La verdad es que sí era extraño que se anduviera comentando por ahí acerca de mi supuesta relación. Fuera cierto o no, no les incumbía. Mis amigas y amigos más cercanos me habían apodado la inconquistable. Me gustaban las cosas serias… algo que pocos entendían.
-          Andan revolucionados parece – Dije al viento pero mirando a los otros chicos, de forma seria.
-          ¿La inconquistable ha sido conquistada? – Logan arqueó su ceja nuevamente y al taparle la cara con mi libro, su pelo muy Robert Pattinson se despeinó.
-          Basta – Le dije en tono de advertencia.
-          Ok, ok, no te molestaré más, pero… ¿Harás algo el viernes? Me debes una salida – ¿Eso sonó a cita o qué? Dios, no podía ser tan solicitada por medio mundo, en especial hombres, justo cuando me acosté con el ser que me ha quitado el sueño durante casi 14 años. ¡No puedo! Grité para mí.
-          Lo tendrá ocupado – Saltó Michael de repente. Mis ojos se detuvieron en él por un momento sin entender nada aún.
-          Ni me había fijado de que estabas allí Looper – Ambos cruzaron sus miradas con cierto odio.
-          Basta – Les dije a ambos, deteniéndome en medio del camino – No he aceptado salir contigo Michael.
-          ¿Ves? – Dijo Logan sarcásticamente.
-          Ni contigo Logan. Asique… déjenme tranquila ¿sí? – Y me adelanté a ellos.
Esperaba no encontrarme con nadie hasta la sala, pero… fue imposible.
-          ¡Hola vieja! – Me tomó del brazo y me besó en la mejilla. Era Lily, ambas íbamos a la clase de Biología.
-          No me llames así, soy joven – Le dije sin gesto alguno.
-          Si eso dices… - Dijo sin desviar la vista del frente – Asique… ¿estás pololeando? – Soltó justo cuando Jorge se acercaba a saludar.
La cara de Jorge no me agradó, y menos a Lily. Ambas nos miramos, y él miraba a Lily.
-          ¿Pololeando? – Preguntó extrañado Jorge.
-          Lily yo nunca te dije eso. Tenía una comía con mis papás y dormí en su casa – La mentira tenía hambre y debía alimentarla para que no explotara.
-          ¡Mmm! Después hablaremos. Ya serán las 11:00 – La hora se había hecho eterna.
Jorge tomó mi brazo – ¿Nos veremos hoy en la tarde? – Trató de sonreír.
-          Estaba pensándolo y… sí. ¿Dónde? Y ¿Cuándo? – Solté aparentando estar interesada.
-          Al terminar la clase nos vamos juntos – Su sonrisa ahora era normal.
-          Oh, claro, ahora, tengo que irme – Dije algo nerviosa por la hora.
-          Si si, disculpa, nos vemos – Escuché al alejarme.
Entré y Lily me llamaba con la mano. Me acerqué a mi puesto y dejé el bolso, luego me senté.
-          ¿Qué pasó? Al parecer se puso celoso – Dijo algo disgustada.
-          Oye, tú sabes que él a mí no me gusta y… tampoco creo que yo le interese tanto… creo que se molestó porque… no le conté, eso es todo.
-          O sea que… ¿lo estás afirmando? – Su cara cambió. Ahora parecía a la de una fan que ha descubierto que su ídolo usa sus mismas zapatillas.
-          No, no, no he dicho eso. He puesto el caso hipotético – Traté de arreglar.
-          No te creo nada, ¿Porqué no me cuentas? Somos amigas ¿o no? – Me miró con cara de cachorro.
-          Primero, no me compro con esa cara y segundo, no puedo decirte nada… no hablemos más del tema – Era doloroso pero placentero hablar de Johnny. Ni yo entendía muy bien lo que sentía al pensar en su nombre, en su anatomía, en su.... Todo. De lo qué si estaba segura era de qué… me encantaba.
-          Bueno, pero no te enojes.
-          No estoy enojada, estoy… no sé, extraña.
El profesor había llegado, nos pusimos de pie y saludamos. Era alto y canoso. Más o menos 55 años.

-          Buenos días alumnos, pueden tomar asientos y sacar sus libros, en la pág. Que habíamos quedado la semana anterior.

-          ¿Qué…página? – Protesté. Se me había olvidado por completo.

-          Tú… ¿Me estás preguntando eso? No puedo creerlo – Me dijo atónita Lily.

-          No revisé mis cuadernos el fin de semana – Dije hojeando el cuaderno en busca de una salvación.

-          ¿Y qué te tomó tanto tiempo? – No me miró, si no que sonreía mirando la hoja de su cuaderno.

-          Sólo… se me olvidó – Repuse seriamente, mientras mi mente imaginaba todas las posibles respuestas a esa pregunta.

-          Ok… te la doy, yo te debo muchas amiga – Dijo con la vista en su cuaderno.

-          ¡Gracias! De verdad, gracias – Musité, recogiendo el cuaderno que luego me quitó en fracción de segundos.

-          No tan rápido… ¿me explicarás el enredo de mentiras que has acumulado? – Me miró con la vista alta.

-          ¿Acaso no puede tener vida privada? – contesté sonriendo.

-          ¡No pues! Además que el amor es algo tan hermoso que cuando se quiere de verdad, no se anda escondiendo – Esta frase hizo sentirme mal. Hizo que un agujero en el pecho, más bien llamado corazón, se abriera y se mostrara en todo su esplendor. Me sentí tan mal, que me acordé de Johnny, y de… todo. Absolutamente todo. La recopilación de hechos pasados en mi cabeza como una cinta en play, hizo que perdiera, por un momento, la noción del espacio. ¿Johnny me quería como decía hacerlo? Sabía que no me amaba como yo a él, pero decía que me adoraba, e incluso Adrien dijo que él me necesitaba, necesitaba alguien como yo. Entonces… ¿Qué me pasaba? ¿Por qué dudaría de su palabra? Y si fuera así… ¿Cambiarían en algo mis sentimientos hacia él? La respuesta era tan clara que hasta me arrepentí de haberme formulado esa estúpida pregunta en mi cabeza. Lo que una vez le dije a él, todavía seguía manteniéndolo firmemente.

Yo te amo y eso no lo cambiarás ni con mil mentiras, ni con mil errores.

-          Hey… ¡Estef! ¿Estás bien? – La voz de Lily irrumpió el silencio que yo había establecido fuera de mi ser ya que dentro de mí, no era precisamente un silencio lo que había. Era una maldita disputa de sentimientos encontrados que al parecer no acabaría nunca.
-          Sí – dije titubeando.
-          Ok, creo que otro día hablaremos de eso… ¡copia ya! – Dijo observando mi mal estado.
-          Gracias – Mi cabeza no estaba cuerda en ese momento.
La clase pasó lentísima. No hallaba la hora de salir y cambiar de materia. Después de esto, tocaba Lenguas, algo que de verdad me gustaba mucho más, pero que… estando así, no podría disfrutar como hubiera deseado.
Al fin escuché el timbre. Tomé mis cosas y bebí un sorbo de café que aún quedaba. Lily me apuró y ambas salimos del salón. A la salida nos encontramos con Jorge. Él me miraba directamente y me pidió hablar a solas. Miré a Lily esperando a que entendiera que no quería quedarme sola con él, y ella lo hizo.
-          Tenemos cosas que hacer, ¿No puede ser otro día? – Dijo Lily tratando de convencerlo.
-          No me tomará mucho tiempo. Estef, por favor… - Me miró suplicante.
-          Ok, no más de 10 min. Tengo que… estudiar – Lo miré y luego acordé juntarme con Lily en la fuente de sodas.
Lily se fue y me quedé con Jorge. Me invitó al patio a conversar más tranquilamente. Acepté y ambos nos sentamos en los bancos vacíos.
-          ¿Estás bien? – Era la última pregunta que quería oír. Miré el suelo por unos cuantos segundos pensando en qué responder. Mi cabeza estaba absolutamente vacía.
-          Ha sido un fin de semana algo… alocado – Busqué la palabra para no delatarme.
-          Y… ¿Eso es bueno o malo? – Me preguntó atento.
¿La verdad? No lo sé. Lo que sí sé, es que fue el mejor cumpleaños que he tenido. Pero mira, se han… - Quedé callada, recordando cosas, nuevamente.
-          Se han especulado muchas cosas – Completó mi frase de forma asertiva.
-          Exacto, y… yo no diré nada. No echaré más leña al fuego, ¿Entiendes? Como mi amigo, debes apoyarme y no preguntarme más de esto. Yo… te contaré cuando llegue el momento. Lo único que debes saber, es que no es nada grave y que estoy feliz, pero no completamente y eso no lo cambiará nada ni nadie – Sólo alguien, pensé.
-          Hey, te entiendo. No te presionaré, pero quiero que confíes en mí – Me abrasó fuertemente.
-          Gracias – Sentí que con Jorge podía expresarme. Podía sacar lo que me apretaba el pecho. Pero en este caso, no ocurrió del todo.
Me junté con Lily y 3 chicos más de otra clase. A uno lo conocía de la clase de español, y los otros eran amigos de Lily. Miraba mi celular constantemente. El día transcurrió frío y monótono para mí. Moría por llamarlo y decirle que lo amaba, pero desistía. Durante el día me costó mucho concentrarme y respirar normalmente. En medio de la hora de almuerzo, sentí un vacío en el pecho que no se llenaba con comida. Por suerte, nadie lo notó. Jorge parloteaba con Lily y ambos reían. Me sentía feliz verlos juntos, porque sabía que así debía ser.
Al baño me acompañó Tiare, una compañera de años que era muy simpática. A Tiare le gustaba mucho logan y comenzó a contarme de su reciente conversación. Yo escuchaba sin tener mucho de qué opinar, asique solo asentía y sonreía cuando encontraba necesario. Ambas caminamos hacía el salón de lenguas. Ella se sentó a mi lado durante la clase y con los chicos se reían muchísimo de las tonteras de Martín y Tom, los payasos de la clase de Lenguas. Luego vinieron dos clases más. Música y Artes. El día ya había llegado a las 5 pm y salimos de clases. Antes de juntarme con los chicos para estudiar, llamé a Adrien para decirle que me esperara en el Blockbuster más cercano. Nos veríamos allí dentro de dos horas. En tanto, divisé a Lily con Jorge en un lado del pasillo y al otro Mary y Paul, pareja desde hace ya 2 años. Ellos también estarían con nosotros. Tyler vendría solo extrañamente. Era un inseparable de Logan, pero al parecer, se tomó en serio lo de estudiar.
Me acerqué a Tyler con el libro de Romeo y Julieta en las manos. Él se colocó al lado mío y se integraron Jorge y Lily. Más allá les hablamos a Mary y Paul, quienes de las manos, acariciándose se acercaron a nuestras espaldas. Se me olvidaba decirles, vamos a casa de Tyler.
En el camino, cosas triviales como el clima, las clases y en especial las vacaciones ocuparon gran parte del itinerario. Yo en muchas ocasiones me ponía a leer en el camino, pero me era difícil seguir la lectura con Tyler y Jorge riéndose tan fuerte. Al fin habíamos llegado. El camino no se me había hecho cansador, de hecho, no me había dado cuenta de que habíamos llegado si no hubiera sido por Tyler que me confirmó.
Su casa era muy hogareña, lindísima. Vivía con su hermano de 19 años, quién estudiaba en una universidad privada y que justo ese día había ido a la casa de un amigo. Al entrar sentí el olor a hombre común en una casa donde solo residen varones. Sonreí para mis adentros al escuchar el mismo comentario de Mary y Lily. Los 6 nos adentramos a la cocina, y Tyler nos sirvió café o té con galletas de chocolate según el gusto. Le ayudé a Tyler a llevar las cosas al comedor y todos nos sentamos. Cada uno al lado de sus respectivas ‘parejas’ si es que así se podía llamar a un grupo de personas en las cuales solo 2 estaban comprometidas. Yo me senté al medio de Jorge y Tyler. Bueno, la verdad es que ellos se sentaron a los lados míos. No me sentía incómoda como pensé que estaría, la verdad es que no me importó en lo más mínimo. Si Michael y Logan estuvieran aquí, podría ser distinto, pero ni así. La tarde pasó tranquila. Me sorprendió que el estudio rindiera de tal forma que del cuaderno de Historia, solo faltaran 2 unidades de 6 que habíamos visto.
Eran las 7:00 y tomé mis cosas. Mary y Paul ya se habían ido tan acaramelados como de costumbre. Sentí que el vacío del pecho se agrandaba y preferí apartarlo de mi cabeza aunque fuera casi imposible. Me despedí de Jorge y Lily. Tyler me fue a dejar a la puerta y nos despedimos con un abraso.
-          Gracias por invitarme, la pasé muy bien – dije un poco desconcentrada abriendo mi bolso en busca de mi celular.
-          De nada, estuvo entretenido, se podría repetir – me dijo con una sonrisa amplia.
-          Claro, ahí nos organizamos, adiós – Le dije con un gesto.
-          Adiós, cuídate – Escuché al alejarme.

viernes, 2 de marzo de 2012


                                                                                     Perdóname.
Capítulo III
A la mañana siguiente, vi a mi lado a Johnny. Debería haber estado enfadada por haberme dejado ‘plantada’ anoche, pero debía entender que su trabajo era duro y no era nada de fácil. Además que, para que estamos con cosas… me era imposible enojarme con Johnny Depp.
Me miró, y yo me di vuelta en señal falsa, claramente, de que estaba molesta. Quería ver su reacción, de qué forma abordaba el tema.
-          Linda, quería… pedirte disculpas, fui un estúpido al dejarte sola. Se me pasó el tiempo y te juro que se me olvidó por completo – En esta última frase, ya estaba frente de mí, arrodillado de una forma más que teatral y romántica, mirándome a los ojos con una ternura, que si fuera pecado, sería imperdonable.
-          Johnny, basta. – Agaché a cabeza avergonzada, mientras sentía sus ojos arrepentidos sobre mí – Lo entiendo, no hay nada que tengas que explicar – Me pregunté si había sido muy dura, porque me calló el arrepentimiento pesadamente sobre mis ojos, otra vez.
-          Creo que…

No lo escuché. Lo abrasé con fuerza y lo besé apasionadamente, sin decir palabra alguna. Lo acerqué bruscamente hacia mi cuerpo, sin quitarle los labios de encima. Me olvidé de todo lo que anteriormente sentí y me concentré en sus carnosos labios. Tomándole el pelo, me senté en la cama y el quedaba en posición paralela a mí, frente a mí. Mi pijama era un vestido cortísimo, asique fácilmente se deslizó hacia arriba. Johnny tocaba ahora mis desnudas piernas, haciendo que un hormigueo que recorrió todo mi cuerpo, desde la punta de los pies, hasta el final de mi pelo. Era una corriente fantástica que por lo menos la había sentido 120 veces desde que estoy con Johnny. Al parecer se sentía culpable, asique no dijo ni palabra de que estaba atrasado y tenía que irse. No lo dejaría hacer eso. Pero al parecer ni lo pensó y eso me hacía sentir aún más afortunada.
El juego continuó hasta poder ambos quedarnos sin prenda alguna. Yo le sacaba su polera, él el brasier por debajo del pijama.  Me reía nerviosa al sentir el jugueteo de sus manos en mi cuerpo. Él sonreía, sonreía traviesamente. Nuestras miradas no se encontraban en ningún momento, no quería estropear el clímax poniéndome roja de vergüenza. Él tampoco hacia esfuerzo por mirarme, solo complacerme, lo merecía ¿no?
Mientras el placer seguía creciendo, sus brazos me impulsaron hacia atrás con una fuerza imponente. Él me besaba el cuello y yo lo abrazaba vigorosamente, como si el mundo fuera a acabarse. Lo disfrutaba a cada momento, cada segundo era un comienzo, algo nuevo.
Sus brazos fornidos los sentía apegados al cuerpo, con ese calidez  que solo Johnny emitía cuándo estábamos juntos, tan cerca, como ahora. Sus besos me quemaban, pero de una forma masoquistamente necesaria e irresistible. Me sentía débil cuando él me tocaba, pero a la vez fuerte, fuerte más que nunca. Sentía que me derretía cada vez que me tocaba. Sentía que era capaz de todo cuando estaba con él. Johnny me entregaba una fuerza interior difícil de explicar, difícil de especificar y al parecer imposible de describir.
El reloj dio un pitazo en señal de ser las 12 del día.  Yo no quería separar mi cuerpo del suyo, porque me sentía protegida. Sentía que todo lo que pasaba tenía su qué.
Una parte de mí quería decirle que deseaba ser suya, completamente. Ya sé… ustedes dicen, pero ¿Cómo? O sea que… ¿No hicieron… eso? Les respondo. No. Todas estas cosas descritas no son sexo explícitamente, sólo son toqueteos, caricias, y besos apasionados. No creo que él hubiera querido ir tan rápido como yo… sabiendo que no estaba lista para tal electroshock de sentimientos y emociones, que podrían llevarme a un hospital fácilmente.  Aunque tengo que reconocer algo: Lo que más quería en la vida era que Johnny se pusiera como loco y me obligara a hacerlo, de verdad, no saben de qué forma quería eso, pero no. Aún no. Esa barrera estaba intacta.
Johnny se detuvo, y abrí los ojos alarmada. ¿Se arrepentía de algo?, ¿Tenía que irse? No, por favor nada de eso. Le seguí mirando, afirmando contra mi pecho la sábana blanca, mientras él me tomaba la mano, y la besaba, fijando sus brillosos ojos en los míos. Yo, lo miraba con dulzura, lo amaba demasiado. Él me seguía mirando, pero esta vez paró de besarme y se quedó inmóvil, algo serio. Lo delataban sus cejas, algo arrugadas. Un gesto que hacía cuando estaba recordando algo o… pensando.
-          No me mires así – Le dije al sentarme en la cama, aún tapada hasta el pecho.
-          Debo decirte algo… - Susurró.
Me sentí… mal. Mi estado de ánimo cambio tanto que me preocupe de cómo se estaría viendo mi cara. Sus ojos mostraron una preocupación que antes nunca había visto. Me asusté. No sabía que había hecho mal, o… no sabía lo que pasaba fuera de mí. Porque dentro… era completamente feliz.

-          ¿Hice algo mal? Porque si es así… debes decirme qué es, porque no… no entiendo… yo… – Susurré igual que él, pero después mi voz de debilitó, y empezaron a caer lágrimas de mis ojos hasta mi boca, pasando por mi nariz.
-          ¿Crees que has hecho algo mal tú? Amor… yo soy el idiota que no sabe lo qué hace… debes perdonarme. Me gustaría hacerte mía y… despertar todos los días contigo a mi lado… no sabes lo feliz qué me haría… poder… hacer eso. – Su voz sonó frágil también, y sentí como sus manos limpiaban mis lágrimas.
-          Yo… entiendo qué esto es difícil… lo entiendo. Te… daré tu espacio si… eso quieres – Mi voz ya quebrada anteriormente sonó aguda y gracias al aire que quedaba en mis pulmones pude emitir la última frase.
-          Oye – Me tomó mi cara con sus dos manos y me miró a los ojos – te quiero mucho, mucho y eso nadie lo cambiará. Sólo quiero que ambos… veamos si podemos salir adelante con esto, ¿entiendes? No te pido qué hagamos un borrón y una cuenta nueva, sólo que… intentemos… - Tomo aire – solo que intentemos llevar nuestras vidas.
-          Lo sé… yo te amo y eso no lo cambiarás ni con mil mentiras, ni con mil errores. Y quiero que lo sepas…perdón yo… – Corregí sacudiendo la cabeza, aún sin entender completamente lo que acababa de decir.
Ahora me miraba con los ojos llenos de lágrimas, a punto de soltar el llanto. Yo lo miraba, pero… intentaba no hacerlo. No quería que llorara… conmigo era suficiente. Me acerqué al baño con la sábana arrastras, logrando zafarme de sus manos y cerrando la puerta desganada totalmente. Hice un nudo con la tela para que así no se cayera.  Me senté en el retrete, con las manos en mis ojos, mojadas, húmedas de tanto recoger lágrimas. De pronto, sentí unos jadeos. Era él. Johnny tocaba mi puerta, calmadamente, pero llorando.
-          ¡Perdóname! Soy un imbécil, ¡soy un completo imbécil! Y tú no te mereces esto… te juro que… haría cualquier cosa para que no votaras ninguna lágrima y menos por mí. Eres hermosa y te juro que no me arrepiento de nada. Lo que pasó en el ascensor y lo que ha pasado en esta pieza ha sido lo mejor, y lo haría mil veces más. Porque me gustas, ¡Me gustas mucho!
Su voz sonaba afectada y mi cuerpo lo sintió así que sin pensarlo, abrí la puerta.
Él estaba allí parado frente a mí, mirándome, con esos hermosos ojos… rojos e hinchados pero que de igual manera mostraban ese brillo peculiar. No pude ni quise evitar acercarme a su cuerpo.
-          Bésame – Le dije mirándolo a los ojos, con una lágrima cayendo por mi mejilla derecha.
Él me miro, aún con los ojos llenos de lágrimas. No esperaba nunca que esto le afectara más a el que a mí. Debía ser porque yo… aún no lo asimilaba.
 Dispuesto a seguir mi orden, se acercó tomando mi cara con sus manos, mecánicamente mirando mi boca. Él no se daba cuenta que eso me volvía loca y lo hacía parecer muy difícil, entonces percaté en sus gestos lentos que lo era en ese momento. Se acercó, arrugando la frente y me besó… me besó dulcemente sin alejar sus manos de mi rostro.
Le tomé la cintura, entrelazándolo con mis brazos y me puse de puntillas. Yo presionaba sus labios contra los suyos, papel que siempre lo dirigía Johnny. Sentía que estaba débil, y que no era un buen momento para ser sexy ni seductor. Tampoco esperaba que lo hiciera. No quería hacer esto más difícil de lo que ya era. Toqué su pecho y me separé, sin mirarlo a los ojos. Él me abrazó efusivamente, dándome un apretón, sintiendo como caía una lágrima suya en mi hombro. No podía alejarme de él. Ese abrazo era uno de esos de los que no puedes escapar. De esos con sabor a… despedida.
Lo sentí de esa manera. Como una… separación. De solo imaginarme esa palabra, me estremecía horriblemente. Siempre he dicho que las separaciones son el camino más fácil y cobarde de escapar de los problemas. Pero esto, tenía un singular matiz. No éramos… nada. ¿Cómo podía pedir explicaciones?
Dificultosamente, intenté separar de mi corazón lo que en este minuto me tenía apegada, casi amarrada a sus brazos, a su cuerpo. Él me entregaba algo innegable, un calor, una protección y una seguridad evidentemente necesaria para mí. Algo que… nadie más lo hacía ni lo había hecho.
Al intentar liberarme, y apartarme de su lado, no hubo resistencia alguna. Al parecer el estaba en mi misma posición. Ya teníamos suficiente con todo lo que nos ocurría, asique dejando mi mente en blanco, perdón, intentando dejar mi mente en blanco, solté;
-          Es mejor que me valla… - Susurré débilmente.
-          Llamaré a un taxi… porque creo que no quieres que… - Ya sabía lo que iba a decir, asique antes de escucharlo y caer rendida ante tal oportunidad, respondí.
-          No… no te preocupes, es… preferible así – Mi voz sonó entrecortada. Estaba a punto de cortarme las cuerdas vocales. Las palabras dolían más que todo. Más aún, lo que se escondía detrás de estas. Un sentimiento.
Johnny me miró, pero yo no a él. No quería llorar de nuevo. No quería arriesgarme y quedarme, y hacer caso omiso a lo que él me pedía. Escuché como sonaban las teclas de su celular, pidiendo comunicarse con un taxista. Por fin atiné a dar algunos pasos y tomar mi ropa tirada en la cama. Entré al baño con agilidad.
El espejo fue el primer enemigo. Mi cara parecía un trapo, un trapo que había sido utilizado para limpiar una mansión entera. El rímel estaba corrido, la sombra, ya no estaba y mi brillo era casi invisible. Me dispuse a colocarme mis prendas rápidamente, ya que sabía que el auto vendría en cosa de segundos.
Salí del baño con la cabeza baja, mi pelo estaba horriblemente indecente y solo lo baje con las manos. No tenía ganas ni siquiera de arreglarme. Johnny en cambio, al salir, me miraba como si yo fuera una escultura hecha por el mismo Picasso. Actué como si no lo hubiera notado.
El taxi había llegado, y me di cuenta al escuchar el típico sonido de los autos en Nueva York. Traté de agarrar mi bolso con rapidez, pero Johnny fue más rápido. Lo tomó y no me lo pasó. En ningún momento desvió la mirada de mis ojos.
-          Gracias – le dije, levantando la mirada hacia sus ojos, preparada para irme lo más rápido posible. Pero antes de caminar un paso, el tomo mi brazo, cuidadosamente.
-          No te libraras fácil de mí – Su mirada se tornaba seductora, como siempre.
-          No quiero librarme de ti – Dije al fin, casi quitándome un peso de encima – Pero quiero que los dos tengamos cabeza y corazón completamente conectados. Yo te amo, sobre todas las cosas y esto… de verdad ha sido un sueño hecho realidad, algo que solo se llevaba a cabo en mi cabeza, pero… ahora es real, ahora está pasando y no sabes las ganas que tengo de besarte y de que vivamos juntos y armar un futuro, pero…. – Se me agudizó la voz – No es tan fácil… Yo… quiero dejarte tu espacio y ver si esto puede ir más allá, pero si no es así, créeme, no me alejaré de ti, no puedo… solo lo haría si tú me lo pidieras… – Mis ojos miraban los suyos, con compasión, con un amor incondicional. Él me acompañó tomando mis manos y besando mi frente dulcemente.
-          Nunca te pediría que te alejaras. Mi corazón tampoco me lo permite. No eres cualquiera mi amor, Eres… especial. Creo que soy demasiado egoísta porque solo te quiero conmigo… pero… soy tan estúpido que no puedo pensar claramente – Agacho la cabeza.
Lo miré con una sonrisa agónica y sus ojos, al levantarse, mostraron una angustia tan insoportable que sin pensarlo dos veces, lo abracé con avidez.
Sus manos ya no estaban tomando las mías, ahora estaban alrededor de mi cintura, y eso me colocó en un estado sereno, implacable y seguro. Johnny era todo lo que quería y todo lo que esperaba de alguien. Pero él necesitaba tiempo, yo sabía que existía algo entre nosotros indiscutible, pero sabía que su trabajo lo agobiaba y debía ser paciente, además de las ya esperadas opiniones de sus colegas y/o manager, recordando que ese tema no lo he tocado ni por nada del mundo.
Tocaron a la puerta y ambos nos separamos lentamente, sin protestar. Johnny se acercó a la puerta y en su llegada, se encontraba un hombre de cabello blanco y traje elegante. Su cara manifestaba tranquilidad y calma, pero aun conservando ese aire de superioridad e indiferencia.
-          Señor, mi taxi lo espera – dijo el hombre sin realizar algún tipo  de movimiento.
-          Esta vez no es para mí, Adrien, es para una señorita – Johnny le entregó mi bolso. La cara blanquecina del taxista pareció asombrada en cuanto alzó la vista arqueando una ceja.
-          Linda… - Johnny estiró su mano para que me acercase – Necesito que la cuides como si… fuera mi vida Adrien – Su voz sonó seria y firme. Agaché la cabeza y sonreí. Él se dio cuenta.
Luego de unos segundos, me percaté que ‘Adrien el rico’, como debía llamarse, nos miraba, y eso me puso colorada, asique me alejé de él por unos centímetros y mascullé dificultosamente;
-           Debo irme…–  Esas palabras salieron de mi boca atropellándose una tras otra, quemándome la garganta de una manera insufrible, pensando en que si de verdad fuera ésta la única opción.
-          Recuerda que… te quiero… mucho – Me dijo sonriendo. Una sonrisa que no llegó a sus ojos.
-          Yo más – Murmuré al borde de las lágrimas, casi en un susurro inaudible. Mis cuerdas vocales no daban para más. Tenía un nudo dentro de ellas que milagrosamente me dejaba respirar.
Me dirigí hacia el ascensor, seguida por Adrien. Tras él, se veía la anatomía del hombre que más amaba en el mundo, y al cual le debía la felicidad de mi cumpleaños número 23. Él mejor de mi vida. Sus ojos fue lo último que aprecié al agachar la cabeza, tras el cierre de la puerta. Sus ojos brillaban y su boca formaba una sonrisa dulce. Lo amaba… y aunque sonará egoísta, él me amaba a mí.

La puerta se cerró tras unos segundos que se hicieron eternos. Un martirio que salía desde mi fuero interno, hasta quemarme los ojos, hizo en mi pecho, un vació doloroso. Como la hiel.
En un momento de desconcentración sumergida en mis pensamientos, sentí la mirada de Adrien lo que decidí ignorar, siéndome imposible después de su inesperada afirmación.
-          Se nota que… están enamorados. Se les nota en los ojos… a ambos – me dijo extrañamente sonriente Adrien. Tiene sentimientos, pensé. No lo esperaba.
-          Lo amo… – Suspiré.
-          Creo que eres la clase de mujer que Johnny necesita. Una mujer capaz de entender y pensar que es lo mejor para ambos. No siendo egoísta ni una desmesurada gentileza con patas – Eso me hizo reír – Johnny es un hombre que necesita contención de quienes quiere, y sabe que con usted la ha encontrado. No la dejara ir fácilmente – Recordé las palabras de Johnny… no te libraras fácil de mi.
-          Una parte de mi, dice que lo sabe… – dije casi sin aliento.
-          ¿Y la otra?
-          Qué está mejor sin mí… - Agaché la cabeza y una lágrima cayó nuevamente.
-          No piense eso. Además qué pasará lo que tenga que pasar. El destino tira las cartas, nosotros las jugamos – Esa frase siempre me ha gustado mucho y le he encontrado mucha razón, pero para esta ocasión, me preocupaba. Sus palabras sonaban tan convincente que hasta yo creía con certeza que era así. Levanté la cabeza, con una débil sonrisa, acompañado de mis ya usuales ojos llorosos.
 Él se acercó abrasándome y acercándome a su pecho. Lo encontré tan dulce. Tan paternal, que correspondí a su abrazo. Era… como el abuelo al que nunca conocí. Como al abuelo del que no tengo memoria alguna. Lo sentí familiar y cálido.
El ascensor se detuvo en el piso correspondiente al nuestro. Nos separamos, pero él contenía aún mi brazo apegado al suyo. Al llegar al auto, el abrió mi puerta trasera. Entré agradeciendo, con una lágrima húmeda cayendo de mi rostro. Él sonrió y caminó hacia su puerta. Al entrar, encendió el auto con agilidad y partimos.
-          ¿A dónde vamos señorita? – Me dijo sonriendo.
-          Lexington Avenue – Dije sin moverme de mi asiento.
-          Una avenida muy transitada la suya – Me dijo doblando una calle ancha.
-          Sí, eso he visto – Mascullé cansada y sin aliento.
Habíamos llegado muy rápido. Era día domingo, 12 de la tarde y no era raro que transitara poca gente. Se estacionó en un aparcamiento vacío y se bajó a abrirme la puerta.
-          Gracias – Me bajé del auto, esperando a que cerrara.
-          Estoy a sus órdenes desde ahora – Me dijo con las manos en la espalda, sonriendo sin ser exagerado.
-          ¿Qué? No no… gracias, pero eso es todo – Dije algo confundida.
-          Johnny ha dejado expresado que desde ahora, soy su chofer personal.
-          Pero… Adrien yo… - No me dejó acabar la frase.
-          Nada de peros señorita, si tiene quejas hablé con el dueño del corral.
-          No tengo… problemas, al contrario. Pero… creo que no debería aceptar esto, no es necesario. Yo… ¡ah! Tú sabes que prefiero dejar las cosas así… si lo llamo no podré cortarle sin decirle ‘Quiero volver’. – Aguanté las lágrimas que se asomaban por mis ojos.
-          Entonces… tendrá que acatar órdenes – Me miró sin dejarme otra alternativa.
-          Ok… - Dije resignada – Creo que… está bien.
-          Además que creo que él fue muy claro cuando me dijo ‘’ Necesito que la cuides como si… fuera mi vida’’, ¿No cree usted? – Me miró levantando una ceja.
-          Eso creo – Sonreí para mí, recordando su voz al decir esas palabras.
-          Bueno, aquí está mi teléfono, estoy disponible las 24 horas del día – Me dijo entregándome una tarjeta de presentación que decía:

Adrien Simpson
Teléfono: 8612679.
Asistente y conductor del día.
¡A su orden!

-          Gracias Adrien, de verdad – Le sonreí decaídamente.

-          No debería estar triste. Esto no ha terminado, y debería sonreír porque está sucediendo – Aunque sus palabras fueran tan ciertas que el agujero de mi pecho gritaba adolorido, no pude sonreír ni siquiera débilmente como lo había hecho hasta ahora. Me estiró la mano a lo que negué y me acerqué para abrasarlo. Me aguanté las lágrimas que estaban a punto de salir desbocadas.
-          Gracias… por todo - Le dije alejándome hacia la recepción del edificio.
Me hizo un gesto con la mano y entró en el auto. Al parecer me había equivocado. Era un hombre increíble. Debe ser muy amigo de Johnny como para haberme hablado de tal forma.  
Abrí la puerta y allí estaba William. Yo tenía los ojos hinchados y rojos. Claramente cerca de un llanto infernal.
-          Buenas tardes señorita – Su voz fue decayendo a medida que se daba cuenta de mi aspecto – Ha… ¿Pasado algo? Estefanía… ¡¿Estás bien?!
-          Hola Will, no grites por favor… estoy bien – Evidentemente no se trago mi mentira.
-          No le creo… ¿Quieres que llame a un médico? – A un médico, pensé… ¿Tan mal me encontraba? Emocionalmente estaba hecho un asco, pero eso no era algo que se evidenciara a la vista…eso creía – Estoy bien Will, no… te preocupes ¿He tenido alguna llamada?
-          Sí… Jorge… Hallen te ha llamado. Dijo que te comunicaras con él apenas llegaras – No me importó en lo absoluto, hice una mueca. Me encaminé hacia el ascensor ya abierto, y corrí para alcanzarlo. Entré con rapidez y presioné el número correspondiente a mi piso.
Al llegar, abrí la puerta y entré. Fui a la cocina, dejando atrás mi bolso con cosas. Me serví un vaso de jugo helado que estaba dentro del refrigerador y comencé a llorar. Sentía el estómago vacío, pero no hice nada al respecto. Corrí hacia mi habitación, acostándome en mi cama sin ganas de nada. Por un momento se me había olvidado como respirar. Me agité desesperadamente hasta que recobré el aliento. Maldecía de todas las formas posibles. Nunca me había odiado tanto en mi vida. Me sentía fatal.
El teléfono sonó. Su sonido me enfermaba tanto como el sonido de mi voz.
-          Hola… ¿Estef?, ¿Cómo estás? – Dijo muy animado.
-          Estoy viendo una película y… me emocioné demasiado creo – Mi actuación fue convincente, me dije a mi misma.
-          Creo que esas cosas te pasarían a ti… - Agregó riendo –  Tú portero dijo que no habías vuelto anoche.
¡DIABLOS! Pensé, ¿Cómo puedo tener un portero tan entrometido?
-           Sí… fui a dormir a la casa de mis padres, tú sabes… por mi cumpleaños – farfullé felicitándome a mi misma por la buena interpretación.
-          ¡Ah! Claro… em, te llamaba para invitarte a salir… bueno, en realidad es una junta, ya sabes de estudio… - corrigió algo nervioso, buscando las palabras adecuadas.
-          ¿Salir?, ¿Junta?, No estoy segura, estoy muy cansada… ¿Para cuándo sería? – Intenté parecer interesada.
-          Para mañana por la tarde, después de clases… ¿Tienes planes? – preguntó con ansiedad, esperando un no como respuesta.
-          La verdad es que, no estoy segura, pero te aviso… en el colegio ¿Puede ser? – Dije desconcentrada.
-          Claro, claro, no hay problema, incluso si quieres te… voy a buscar, está arreglado mi auto – Me dijo con tono triunfante.
-          ¡Oh! Eso está genial, oye… hablando de salidas, ¿Te invitó Lily a una fiesta ayer? – Dije tratando de ocultar la pregunta que no quería responder.
-          Oh, sí, fuimos juntos… y con más compañeros de clases, ya sabes, fue…. Estuvo bien- Su voz no sonaba para nada convencida.
-          Me alegro, enserio… Lily siempre tiene buenos panoramas – Convine, tratando de cambiar el tema.
-          Si… es una buena compañera de parranda – respondió riéndose.
-          Si… Bueno, estoy a mitad de la película… tú sabes… ¿mañana nos vemos? – Acordándome de que era domingo. Lamentablemente…
-          ¡Claro!  Mañana nos vemos, cuídate – Dijo alegre.
-          Ok, adiós – Fui muy cortante. Mis lágrimas seguían cayendo. La idea de faltar mañana a clases aún pasaba por mi  mente.
Ese ‘llamaba para invitarte a salir… bueno, en realidad es una junta, ya sabes de estudio’, tenía otro significado para él. Sabía lo que en verdad escondían esas palabras, pero poco me importó en ese momento. No tenía porque… Ni quería explicarle que no podía estar con él. Salir con él. Mantener una relación… menos ahora. Más que nunca mi corazón estaba ocupado completamente. Además de eso, Lily era mi amiga y se moría de ganas de salir con él. Para rematar, Jorge no era mi tipo. Se alejaba a kilómetros de serlo. Era un buen tipo, simpático y gracioso cuando hacía estupideces. Pero no era astuto ni suspicaz como lo era…. Él. Solo podíamos ser amigos y hasta el momento, de los mejores. Lo único que pedía era que no tuviera que explicárselo, al menos, no ahora.
Ese día no hubo nada nuevo. La verdad es que ya casi nada me era entretenido después de ese nada casual encuentro con el hombre más sexy que mis ojos habían visto, y esta vez no era atreves de una pantalla gigante como las del cine ¡No!, era en carne y hueso. Me quedé acostada desde que hablé con Jorge. No quería saber nada más de nadie más.